La rosa de Paracelso y los días que no deberían existir

4 Mar

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Por: El Rincón de lo Humano.

Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar”.

Es uno de estos días, uno de aquellos días en que parece que la infancia fue ayer y que el presente es poco prometedor. Una especie de parvulario giratorio en el espacio sideral, en el que todos nos presentamos en algún momento sin muchos deseos de jugar y que afortunadamente olvidamos después.

Existen los  colores neutros, nada mas aburrido o sorprendente que no poder definir un color. Lo cierto, es que el color no deja de ser porque no sepamos definirlo. Aquí estamos y universo nos ve pasar. Disfrutemos el tiempo y espacio que nos queda.

Hoy les comparto una joya del maestro Jorge Luis Borges. Que aunque fue escrito con anterioridad, aparece recopilado en ” La memoria de Shakespeare” (1983). En lo personal, me encantó.

Un abrazo a todos.

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor, cuando golpearon la puerta.
El hombre, somñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron palabra.
El maestro fue el primero que hablo.
– Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente, dijo no sin cierta pompa.
No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y que deseas de mi?
– Mi nombre es lo de menos- replico el otro.

Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Saco un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquieto.
Se recostó, junto la punta de sus dedos y dijo:
– Me crees capaz de elaborar la piedra que cambia todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco y si es oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
– El oro no me importa respondió el otro.

 

Estas monedas no son más que la prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud:
– El camino es la piedra. El punto de partida es la piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aun a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miro con recelo. Dijo con voz distinta:
– Pero ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
– Mis detractores que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un camino. Hubo un silencio, y dijo el otro:
– Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
– ¿Cuándo? , dijo con brusquedad Paracelso.
– Ahora mismo, dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán. El muchacho elevo en el aire la rosa.
– Es fama, dijo, que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

– Eres muy crédulo, dijo el maestro. No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió.
– Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
– Eres crédulo, dijo. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
– Nadie es incapaz de destruirla, dijo el discípulo.
– Estas equivocado. ¿Crees por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
– No estamos en el paraíso- dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie.
– ¿En que otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la caída es ignorar que estamos en el Paraíso?
– Una rosa puede quemarse, dijo con desafió el discípulo.
– Aun queda fuego en la chimenea, dijo Paracelso. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
– ¿Una palabra? , dijo con extrañeza el discípulo. El atanor está apagado y estan lleno de polvos los alambiques. ¿Qué harias para que resurgiera?

Paracelso le miro con tristeza.

– El atanor esta apagado, repitió, y están lleno de polvo los alambiques.
En este tramo de mi larga jornada uso otros instrumentos.
– No me atrevo a preguntar cuáles son, dijo el otro con astucia o con humildad.
– Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:
– Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexiono. Al cabo de un rato dijo:
– Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
– Además ¿quién eres tu para entrar el la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replico tembloroso:
– Ya se que no he hecho nada. Te pido en el nombre de los muchos años que estudiare a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y solo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
– Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí esta la ceniza que fue rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodillo y le dijo:
– He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea mas fuerte y seré tu discípulo y al cabo de Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era el, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro seria una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre seria bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedo solo. Antes de apagar la lámpara y sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de cenizas en la mano contaba y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Jorge Luis Borges. La memoria de Shakespeare” (1983). 

Imagen: Salvador Dalí. La Rosa Meditativa (1958).

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