Es la pura verdad

10 Ago

<<Estas cosas no deben ocultarse, y haré cuanto pueda para que el hecho se publique en el periódico; que lo sepa todo el país>>.

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Al pensar lo que implica tanto en significado como en acción formal la palabra chisme, basta con  decir que proviene del latín schisma,y este del griego σχίσμα schísma y que implica escisión y separación*. Para empezar a aclarar los alcances de este conjunto de signos gráficos a los que conocemos como <<letras>>, convengamos que la verdad es una búsqueda constante del ser humano y por alguna razón, con no poca osadía, hay siempre quien pretende ser el único dueño de la misma. Cosa que dista enormemente de la realidad que se nos muestra cada día. Un ejemplo vistoso y significativo de lo nocivo que puede resultar la simple repetición de un supuesto o de un hecho no comprobado, lo da el siguiente cuento infantil —que parece enseña más a los adultos que los propios niños— perteneciente al autor Hans Christian Andersen. Un llamado a la depuración de la información que se recibe y a pensar dos veces antes de juzgar según datos poco fiables, parcializados e incompletos. Sin mas preámbulos, comparto el mencionado cuento. Espero lo disfruten.

 

Es la pura verdad

—¡Es un caso espantoso! —exclamó una gallina del extremo opuesto del pueblo, donde el hecho no había sucedido—. ¡Ha pasado algo espantoso en el gallinero de allá! Lo que es esta noche, no duermo sola. Menos mal que somos tantas.

Y les contó el caso, y a las demás gallinas se les erizaron las plumas, y al gallo se le cayó la cresta. ¡Es la pura verdad!

Pero empecemos por el principio, pues la cosa sucedió en un gallinero del otro extremo del pueblo. Se ponía el sol, y las gallinas se subían a su percha; una de ellas, blanca y paticorta, ponía sus huevos con toda regularidad y era una gallina de lo más respetable. Una vez en su percha, se dedicó a asearse con el pico, y en la operación perdió una pluma.

—¡Ya voló una! —dijo—. Cuanto más me desplumo, más guapa estoy . Lo dijo en broma, pues de todas las gallinas era la de carácter más alegre; por lo demás, como ya dijimos, era la respetabilidad personificada. Y luego se puso a dormir.

El gallinero estaba a oscuras; las gallinas estaban alineadas en su percha, pero la contigua a la nuestra permanecía despierta. Aquellas palabras las había oído y no las había oído, como a menudo conviene hacer en este mundo, si uno quiere vivir en paz y tranquilidad. Con todo, no pudo contenerse y dijo a la vecina del otro lado:

— ¿No has oído? No quiero citar nombres, pero lo cierto es que hay aquí una gallina que se despluma para parecer más hermosa. Si yo fuese gallo, la despreciaría.

Pero he aquí que más arriba de las gallinas vivía la lechuza, con su marido y su prole; todos los miembros de la familia tenían un oído finísimo y oyeron las palabras de la gallina, y, oyéndolas, revolvieron los ojos, y la madre lechuza se puso a abanicarse con las alas.

— ¡No escuchéis esas cosas! Pero habéis oído lo que acaban de decir, ¿verdad?. Yo lo he oído con mis propias orejas; ¡lo que oirán aún, las pobres, antes de que se me caigan! Hay una gallina que hasta tal punto ha perdido toda noción de decencia, que se está arrancando todas las plumas a la vista del gallo.

— Prenez garde aux enfants! —exclamó el padre lechuza—. Estas cosas no son para que las oigan los niños.

— Pero voy a contárselo a la lechuza de enfrente. Es la más respetable de estos alrededores.

Y se echó a volar.

— ¡Jujú, ujú! —y las dos se estuvieron así comadreando sobre el palomar del vecino, y luego contaron la historia a las palomas: — ¿Han oído, han oído? ¡Ujú! Hay una gallina que por amor del gallo se ha arrancado todas las plumas. ¡Y se morirá helada, si no lo ha hecho ya! ¡Ujú!

— ¿Dónde, dónde? —arrullaron las palomas.

— En el corral de enfrente. Es como si lo hubiese visto con mis ojos. Es un caso tan indecoroso, que una casi no se atreve a contarlo, pero es la pura verdad.

— ¡La pura, la pura verdad! —corearon las palomas

Y, dirigiéndose al gallinero de abajo:

— Hay una gallina —dijeron—, y hay quien afirma que son dos, que se han arrancado todas las plumas para distinguirse de las demás y llamar la atención del gallo. Es el colmo… y peligroso, además, pues se puede pescar un resfriado y morirse de una calentura… Y parece que ya han muerto, ¡las dos!

— ¡Despertad, despertad! —gritó el gallo subiéndose a la valla con los ojos soñolientos, pero vociferando a todo pulmón— : ¡Tres gallinas han muerto víctimas de su desgraciado amor por un gallo! Se arrancaron todas las plumas. Es una historia horrible, y no quiero guardármela en el buche. ¡Pasadla, que corra!

—¡Que corra! —silbaron los murciélagos, y las gallinas cacarearon, y los gallos cantaron—: ¡Que corra, que corra!— . Y de este modo la historia fue pasando de gallinero en gallinero, hasta llegar, finalmente, a aquel del cual había salido.

—Son cinco gallinas —decían— que se han arrancado todas las plumas para que el gallo viera cómo habían adelgazado por su amor, y luego se picotearon mutuamente hasta matarse, con gran bochorno y vergüenza de su familia y gran perjuicio para el dueño.

Como es natural, la gallina a la que se la había soltado la plumita no se reconoció como la protagonista del suceso, y siendo, como era, una gallina respetable, dijo:

— Este tipo de gallinas merecen el desprecio general. ¡Desgraciadamente, abundan mucho! Éstas cosas no deben ocultarse, y haré cuanto pueda para que el hecho se publique en el periódico; que lo sepa todo el país. Se lo tienen bien merecido las gallinas, y también su familia.

Y la cosa apareció en el periódico, en letras de molde, y es la pura verdad: «Una plumilla puede muy bien convertirse en cinco gallinas».

FIN

*  Tomado del  Diccionario de la lengua española

Imagen de la portada: Maurits Giesen y Leenders Ilse

 

¿No es cierto que usted frecuentemente …?

8 Ago

<<Usted, como cualquier hombre normal, ha tenido que sentir desde una anónima butaca de teatro, la sensación de que entre las sombras de un cortinaje lo vigila la helada embocadura de un revólver. Es el momento en que la sala deja de ser un núcleo de simples espectadores y se convierte en un universo de encontrados sentimientos>>.

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¿No es cierto que usted frecuentemente se ha sentido protagonista de  una cinta cinematográfica, cuando la carga excitativa de su argumento ocupa íntegramente su capacidad de emocionarse? Usted, como cualquier hombre normal, ha tenido que sentir desde una anónima butaca de teatro, la sensación de que entre las sombras de un cortinaje lo vigila la helada embocadura de un revólver. Es el momento en que la sala deja de ser un núcleo de simples espectadores y se convierte en un universo de encontrados sentimientos. Cada individuo reaccionará a su manera, de acuerdo a su estructura temperamental. Alguien —un exagerado, sin duda— cometerá la vulgaridad de desmayarse. Otros seguirán,  suspensos, el hilo tirante de la trama. Pero, usted, cineasta de buena ley, hombre de buena fe, no puede permitir que el director de la cinta se tome esas libertades con sus sentimientos; y como todo un hombre rebelde, con indiscutibles ribetes de anarquista, edificará dentro de su conciencia un teatro privado, para su uso particular y arbitrario, donde pueda proyectar una película de conjuros y maldiciones. Su dignidad de cineasta decente quedará así satisfecha. Y yo, en nombre de estas columnas, lo felicito por su gallarda actitud…

Fragmento:  Gabriel García Márquez ¿No es cierto que usted frecuentemente…? Diario El Universal, junio 1948.

Fotografía:Tina Patni

Hoy decidí vestirme de payaso

20 Jul

<< Y  ahora  estoy  entre  los  demás  payasos, los  payasos  de  verdad,  y  yo  que  sólo  estoy  vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero>>.

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Algunas veces el mundo permite que un ser humano cualquiera pueda disfrazarse. Es un noble ejercicio imaginar que jugamos a ser algo que no somos. La situación se presta a múltiples perspectivas que sin mucho afán terminan mostrando —con bastante sorpresa— que las mascaras siempre han estado de moda. No en vano los orígenes de la palabra personalidad —por incomodo que resulte— se asocian al concepto de mascara. En pocas palabras cada uno se pone una mascara antes de salir a evaluar cada experiencia de la vida. Sin duda un buen tema para reflexionar.

Por un instante imaginemos que en realidad jugamos a interpretar papeles y a representar personajes de una historia que solo existe en nuestra mente. El mundo, encubre un acuerdo, se trata de que cada uno lleve a cabo lo que —se supone— le corresponde sin pensar mucho en ello. Esto ultimo, pensar, es lo que puede develar la trampa. El mundo está organizado de manera tal, que permite y protege la persistencia del acuerdo. Prepara las bases para vivir en una realidad alterada. Una perpetua mentira.

Un ejercicio en este sentido es lo que encierra el cuento que compartimos hoy. Una historia de alguien que decide vestirse de payaso. El cuento es obra de  Alvaro Cepeda Samudio y sin agregar nada más, espero que lo disfruten.   

 

Hoy decidí vestirme de payaso

Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de  mis  zapatones  y  tuve  la  agradable  sensación  de  sentirme  payaso.  Todos  estaban  ya  en  el redondel  cuando  entré  y  no  me  han  mirado  siquiera.  Estaban  esperando  que  yo  llegara  para comenzar,  pero  no  me  han  dicho  nada.  Cuando  fui  a  ocupar  mi  puesto  he  pasado  frente  al domador que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de cartón. Y  ahora  estoy  entre  los  demás  payasos, los  payasos  de  verdad,  y  yo  que  sólo  estoy  vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero. La marcha comenzó a sonar con un movimiento lleno de gracia y soltura salió el director quitándose el sombrero  y  haciendo  malabares  con  un  bastón  negro. Todos  hemos  comenzado  a  movernos alrededor  de  la  pista.  Nosotros  salimos  corriendo  y  nos  mezclamos  con  los  demás  como estorbándolos. Parece que yo me  he excedido porque  al tirarle  la cola a uno de los leones  se me ha quedado en las  manos una borla suave de lana amarilla. El domador me amenazó con el látigo y los payasos me han mirado con asombro por debajo de sus mascaras de colores.

Todos  están  serios,  pero  a  medida  que  se  van  acercando  a  las  primeras  silletas,  las  sonrisas comienzan a aparecer hasta que  están completas en los rostros, como si fueran un trozo  más de pintura blanca y roja.

Desde  que  sonaron  los  primeros  cascos  sobre  la  pista  la  muchacha  ha  comenzado  a  sonreír y también, mientras salta de un caballo a otro. Los payasos se han metido entre los caballos y saltan imitándola con ademanes grotescos. Yo he querido hacer lo mismo, pero tengo miedo de asustar a los  caballos  y  romper  la  sonrisa  de  la  muchacha.  El  director,  que  para  todo  usa  ademanes graciosos, ha hecho sonar un silbato y los payasos han salido corriendo hacia el pasadizo y la han dejado sola en el centro de la pista con sus dos caballos. Yo no he querido salir, pero otro payaso, el de  la  gran  nariz  morada,  ha  venido  a  sacarme  dándome  pequeños  escobazos  que  suenan con gran estrepito. Sin embargo, yo quiero ver a la muchacha y no fui a meterme detrás de las cortinas como lo han hecho todos. A la muchacha se le han caído los palos con que hacia malabares y yo he corrido al centro del redondel y los he recogido para entregárselos. Ella me miró asombrada pero no dijo nada y los hombres con casacas rojas de  militar han entrado y me  han sacado de  la pista otra  vez.  Otra  vez  ha  salido  el  director  con  su  silbato  y  mientras  la  muchacha  sale  al  galope montada sobre sus dos caballos los payasos han entrado corriendo. Yo he salido detrás de ellos y ahora los veo dispersarse en la pista y hacer cabriolas. Yo me he quedado quieto, pues quiero ver cómo hacen los demás payasos para hacerlo yo también. El de la nariz morada le está diciendo al que tiene un sacoleva negro y unos calzoncillos amarrados a los tobillos: <<¿A que no sabes de que están hechas las nubes?>> El payaso gordo, que tiene las ropas llenas de globos de colores revienta uno  y  dice:  <<De  caramelo  blanco>>.  Todos  los  payasos  lo  persiguen  y  le  dan  escobazos.  Yo me acerco al de  la nariz morada y le digo:  <<Las nubes  están hechas de  la  espuma que usa San Pedro para afeitarse las barbas. Eso lo saben todos y es una tontería preguntarlo>>. Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con rabia. A mí  ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando hago algo que ellos creen que no está bien. Por esto me he salido de la pista y he venido a buscar a la muchacha de los caballos.

AL  pasar  frente  a  los  hombres  de  las  casacas  rojas,  éstos  se  vuelven  hacia  mí  y  me  dicen: <<¿A dónde vas? Vuelve a la pista>>. Yo digo <<No>> y corro sobre el pasadizo de arena. Los caballos están parados  frente  a  una  tienda  que  tiene  remiendos  de  colores.  Entro  a  esta  tienda  y  la muchacha, que ya no tiene el saquito dorado sobre el pecho, sino dos senos pequeños, me grita: <<Sal de aquí,  ¿Qué  quieres?>> <<Yo  quiero  hablar  contigo>>.  <<Bueno,  pero  espérame  afuera>>.  <<no quiero>>.  Y  la muchacha me dice que está bien, que me dé vuelta con la cara contra la carpa y la espere a que se acabe de vestir. La lona deja pasar las luces y la parte que me queda delante de los ojos parece un cielo de  juguetería. Mientras se  viste,  la muchacha quiere  saber todas las cosas que  yo no  sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos, pero ella insiste. ¿Cómo es mi nombre? Yo no  sé.  Ella  se  ríe  de  todas  mis  respuestas  y  parece  muy  divertida,  pero  a  mi esta  situación  ha comenzado a parecerme molesta. ¿Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. Quise oírle la voz cuando  la  vi  saltando  sobre  los  caballos.  ¿Te  gusta  mi  voz?  Si.  ¿Pero  quién soy  yo?  Y  tengo  que contestarle: <<Hoy decidí vestirme de payaso>>. Ahora está frente a mí con unos pantalones verdes y una  blusa  blanca  el  pelo  que  llevaba  atado  a  la  nuca  lo  tiene  suelto sobre  un  hombro.  Sobre  la cama angosta y desordenada hay  una guitarra verde con  las cuerdas hacia abajo. Me  he  sentado en  la  cama  y  he  pasado  los  dedos  sobre  la  madera  y  momentáneamente  se  han  coloreado  de verde. <<Yo creía  –le  digo— que las guitarras verdes sólo existían en los cuentos>>. <<Esa guitarra es para dar serenatas, por eso es verde>>. La guitarra suena a música encerrada cuando yo la levanto: Le digo que toque algo, pues yo no sé tocar. <<Yo tampoco sé>>. Ahora he tomado a la muchacha de la mano y hemos salido de la tienda con la guitarra. <<Vamos a buscar a alguien que sepa tocar esta guitarra>>. Al salir nos hemos cruzado con el director que sigue mirándome muy serio. Quiere que deje la guitarra y me vuelva a la pista. Yo le digo que tengo que encontrar a alguien que sepa tocar la guitarra. <<Entre ahí>>, me grita empujándome por el pasadizo. Tal vez alguno de los payasos sepa tocar,  por esto  he  entrado  a  la  pista, otra  vez.  La muchacha  está  detrás  de  las cortinas  hablando con  el  director.  Los  payasos  han  traído  unos  cubos  de  agua  y  se  persiguen  tratando  de  mojarse unos a otros. Yo me acerco a uno que tiene unos lentes sin vidrios y le pregunto si él sabe tocar una guitarra  verde.  Cuando  termina  la  farsa  todos  salen  corriendo  y  yo  me  quedo  en  el  centro  de  la pista  con  la  guitarra.  Otra  vez  vienen  los  hombres  de  casacas  rojas  a  sacarme,  pero  yo  me  voy antes y le hago señas a la muchacha para que salgamos de la carpa. Desde afuera la carpa parece un elefante echado. Yo se lo digo y ella me dice que entre y lo diga así desde la pista. En la puerta un  hombre  de  casaca  roja  le  ha  preguntado  a  la  muchacha  para  donde  va.  <<El  anda  buscando alguien  que  sepa  tocar  esta  guitarra>>.  <<Cuando  yo  estaba  en  el  colegio  tocaba  algo  de  dulzaina>>, dice  el  hombre.  <<No  tiene  que  ser  guitarra>>.  <<Pero  es  que  si  es  alguna  pieza  que  él  quiere  oír yo podría tocarla en una dulzaina>>. <<No, no es ninguna pieza en particular. Cualquier cosa con tal que sea  con  la  guitarra>>.  Ella  le  dice  que  volveremos  para  el  final  y  cruzamos  la  calle  había  el  bar. Yo pongo  la  guitarra  sobre  el  mostrador  y  le  pregunto  al  bartender  si  él  conoce  alguien  que  pueda tocarla. El negro dice que no y comienza a servirnos los tragos. Luego se vuelve y grita: <<¿Quién de ustedes  sabe  tocar  guitarra? Aquí  el  payaso  está  buscando  a  uno  que  sepa>>. Todos  han  girado sobre  sus  bancos  para  mirarnos,  pero  nadie  contesta.  La  mujer  que  está  parada  frente  al tocadiscos  echando  monedas  en  la  ranura  habló  sin  levantar  la  vista  de  los  nombres  de  las canciones.  <<Sammy  tal  vez  sepa.  El  toca  el  contrabajo  y  canta  en  L-Bar>>.  Yo  quiero  saber  dónde está Sammy. <<No sé, tal vez en Londres o en Suramérica. Ya no toca en L-Bar. El siempre quiso irse a  Londres  y  seguro  eso  es  lo  que  ha  hecho:  se  ha  ido  a  Londres>>.  La  música  ha  silenciado  las últimas  palabras  y  yo  insisto  con  el  bartender.  <<Tiene  que  haber  alguien  que  sepa  tocar  esta guitarra>>. <<Es que le hace falta para un número, ¿o qué?>> <<Él quiere oír la guitarra. Eso es todo>>. La oigo  hablar  con  el  negro  hasta  cuando  comienzo  a  golpear  la  madera  con  el  fondo  duro  de  mi vaso.  La  mujer  ha  venido  a  sentarse  al  lado  mío  y  con  manos  lentas  acaricia  la  guitarra  que  está todavía  sobre  el  mostrador.  <<Estoy  segura  que  Sammy  hubiera  podido  hacer  sonar  esto>> —ha comenzado a decir—. <<A mí también me gustaría oírla: ya estoy cansada de los mismos discos con las mismas canciones: si, me gustaría oír como suena la música de esta guitarra>> y salgo del bar detrás de  las  dos  mujeres.  En  la  puerta  me  ha  detenido  el  grito  del  negro:  <<Oye,  payaso,  porqué  no vuelves mas tarde. Tal vez haya alguien que sepa tocar>>. Yo quiero decirle que no soy un payaso, que simplemente hoy decidí vestirme de payaso, pero me parece inútil toda explicación y no digo nada. Ya  las mujeres están frente a la carpa cuando el hombre de  la casaca roja está diciéndome que es una lástima que nadie sepa tocar. <<Sammy va a tocarla —le digo—. Iremos a buscarlo después del  final>>. <<Tienes  que  apurarte.  Ya  el  domador  está  entrando  a  la  jaula  con  sus  leones  y  ustedes tienen  que  estar  en  la  pista  cuando  el  comience>>.  Cuando  yo  entro,  todos  los  payasos  están corriendo alrededor de la gran jaula mientras el domador hace sonar el látigo y dispara un revolver brillante. Los hombres de las casacas rojas están parados a distancias regulares rodeando la jaula. Como  ellos  no  pueden  moverse.  Yo  paso  a  su  lado  haciéndoles  burla  y  mostrándoles  mi  guitarra verde. El domador ha puesto sus leones sobre banquitos de colores y luego se da vuelta dándoles la  espalda.  Cuando  encienden  el  aro,  yo  tengo  miedo  de  que  se  les  quemen  las  melenas  o  las borlas  del  rabo.  Parece  que  el  domador  piensa  lo mismo,  pues  no  se  decide  a hacerlos  saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge  sus  leones  sobre  banquitos  de  colores  y  luego  se  da  vuelta  dándoles  la  espalda.  Cuando encienden el aro yo tengo miedo de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge sus leones y sale con ellos para su tienda. Cuando pasa frente al director, este lo mira con rabia y yo creo que no va a  poder  salir  sonriente  y  con  ademanes  graciosos  esta  vez.  Los  payasos  se  han  agrupado  al  lado mío y el de la nariz morada dice <<¿A que no saben por qué la guitarra de éste es verde?>> Todos los payasos se agarran la cabeza y dan volteretas como buscando qué decir. El de la nariz morada dice por fin: <<Porque no está madura todavía>>. Yo me aparto con rabia y les digo: <<No, no es por eso; sino porque es para dar serenatas>>. Ahora los payasos se ponen furiosos. El de la nariz morada se arranca la nariz y la tira contra el suelo los demás se quitan las pelucas y tiran los zapatones contra las silletas de los palcos y se van todos a buscar al director. Ya no parecen payasos. Sólo yo estoy todavía  vestido  de  payaso  cuando  vienen  a  llamarme  para  irnos  a  buscar  a  Sammy.  En  toda  la carpa no ha quedado un payaso: solamente esos hombres que se limpian de la cara los manchones rojos  y  blancos  y  que  discuten  rabiosamente  con  el  director.  El  hombre  de  la  casaca  roja  se  ha soltado  los  botones  dorados  y  ha  puesto  la  gorra  en  la  silleta  del  portero  y  está  tocando asordinadamente  su  dulzaina.  <<No  lo  he  olvidado  todavía>>  y  sigue  tocando.  De  pronto  deja  de tocar,  recoge  su  gorra  y  dice:  <<Vamos  a  buscar  a  Sammy,  yo  siempre  quise  tocar  la  dulzaina acompañado por una guitarra>>. La dulzaina sigue sonando cuando cruzamos la calle y yo comienzo a sentir en mi mano la mano tibia de la muchacha de los caballos.

 Alvaro Cepeda Samudio

Todos estábamos a la espera. Libreria Mundo (1954).

Imagen de la portada: Pierrot, dit autrefois Gilles. Antoine Watteau (1721). 

 

El amor que dura cien años

10 Jul

<<Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y nos conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad que nos amábamos>>. *

flores japon

Por: El Rincón de lo Humano

Es impactante lo que implican cien años, se asocian a la vida, la muerte, lo finito. Dentro cien años la mayoría de nosotros no estará, sin embargo, cien años hacia el futuro no nos preocupan.

Hubo alguien a quien cien años si que le preocuparon  y los imaginó plenamente. Por esto los dejo enmarcados en su poema el jardinero. No sabemos que pudo estar pensando, posiblemente, al ver la efímera y hermosa vida de una flor, se dio cuenta de lo hermosa y efímera que es la vida humana y que todos somos un tipo de flor distinta, pero con un final bastante similar. Sabía, posiblemente por experiencia propia, que los amores y casi cualquier sentimiento que dure  cien años, si es plasmado en las letras o cualquier forma de arte, sobrevive.

El Jardinero

¿Quién eres tú, lector, que dentro de cien años leerás mis versos?

No puedo enviarte ni una flor de esta guirnalda de primavera, ni un solo

rayo de oro de esa nube remota. Abre tus puertas y mira a lo lejos.

En tu florido jardín recoge los perfumados recuerdos de las flores, hoy marchitas, de hace cien años.

Y te deseo que sientas, en la alegría de tu corazón, la viva alegría que

floreció una mañana de primavera, cuya voz feliz canta a través de cien años.

                                                                                          Rabindranath Tagore

Tagore fue premio Nóbel de literatura en 1913 y es autor de una variada y amplia producción literaria. En verdad era un genio de los misterios interiores del ser humano, les dejo otro fragmento que pertenece al poema Soledad.

La noche me mira con sus ojos estrellados.

En el aire cálido palpitan besos y caricias.

¡Y nadie viene a acompañarme!

Aprovecho la oportunidad, para enviar saludos y agradecimientos a Leo de la Torre, por el privilegio de hacer mención de mi entrada en su blog. Gracias amigo.

* Fragmento, poema Pájaros Perdidos, Rabindranath Tagore.

Imagen tomada de http://www.japan-guide.com/

Los vericuetos del lenguaje

5 Jun

<<Ni que decir de aquel pobrecillo que intentando diferenciar entre  “beach” y “bitch”  ha elegido la pronunciación equivocada>>

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Por:El Rincón de lo Humano.

Siempre las palabras serán eso, palabras. Cuanto desearíamos que esto fuese cierto. A veces las palabras cobran vida y añadir un punto y quizás una coma, o lo que es peor un punto y coma, ha causado mas de un enredo.

Esa serie de signos y símbolos, pueden tener vida propia, generar y deshacer pasiones, amores y odios. Cuantos amoríos deshechos por un par de malas combinaciones de un adverbio, un verbo y al menos dos pronombres.

Ya verá cada uno con su reflexión, en ocasiones han ocurrido verdaderos desastres, ni que decir de aquel pobrecillo que intentando diferenciar entre beach y bitch  ha elegido la pronunciación equivocada.

Son símbolos, pero vaya que cobran vida o más bien y toman parte de nosotros. Luego se hacen vitales, a veces hasta inmortales.

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A veces hablo con los seres humanos como habla el niño con su muñeco. El niño sabe ciertamente que el muñeco no le entiende, pero, mediante un agradable autoengaño hecho a sabiendas, se da la alegría.

Arthur Schopenhauer / Parábolas, aforismos y comparaciones (fragmento).

Imagen cortesía: iheartthestreetart.com

Deseos reprimidos: los infinitos montones de malas palabras

1 May

“… Y de permitirse por fin un instante rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad…”*

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Por: el Rincón de lo Humano.

En este mundo de locos, lo normal es sentirse inconforme, el vacío existencial se apodera cada vez de todo y la relación con el entorno no suele ser la mejor. La mayoría de nosotros va corriendo a un punto móvil y hace lo que puede para sobrevivir con, por o a través de otros.

Las múltiples exigencias de un mundo que cada vez pide mas y nos ofrece cada vez menos, acaban por agobiar hasta al mas fuerte. En esos momentos, dado que no son aislados, cuando la intervención del párrafo puede entrar en escena y si lo hace, resulta muy pertinente.

Creo es hora que despotriquemos un poco y nos saquemos del corazón los infinitos montones de malas palabras que llevamos dentro. Basta de envenenarnos y liberémonos un tanto, así como lo registra esta obra maestra de la literatura universal.

* Tomado del libro Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Editorial Sudamericana, Buenos Aires (1967).

Imagen tomada de http://culturacolectiva.com/

La coma, esa puerta giratoria del pensamiento

27 Mar

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Una coma puede ser una pausa. O no…

No, espere.

No espere.

Puede hacer desaparecer su dinero.

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2,34

Puede crear héroes…

Eso solo, él lo resuelve.

Eso, solo él lo resuelve.

Puede ser la solución.

Vamos a perder, poco se resolvió.

Vamos a perder poco, se resolvió.

Cambiar una opinión.

No queremos saber.

No, queremos saber.

La coma puede condenar o salvar.

¡No tenga clemencia!

¡No, tenga clemencia!

Vamos a comer niños.

Vamos a comer, niños.

Ante esto el único comentario que queda por realizar es que siempre debemos tener cuidado, tanto con lo que intentamos decir como con lo que realmente decimos. Porque si una coma es capaz de alterar todo el significado de una frase, ni pensar lo que lograría una palabra.

El escrito es de Julio Cortázar y me parece que deja una lección en el ambiente. Espero que todos la aprovechemos y de paso meditemos en este otro, también atribuido al autor.

Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda“.

Si usted es mujer, con toda seguridad pondría la coma después de la palabra mujer. Si usted es varón, con toda seguridad pondría la coma después de la palabra tiene.

Es admirable la sencillez que reviste esta obra maestra. Espero la disfruten.

Imagen tomada de: algoritmolinguistico.com

La rosa de Paracelso y los días que no deberían existir

4 Mar

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Por: El Rincón de lo Humano.

Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar”.

Es uno de estos días, uno de aquellos días en que parece que la infancia fue ayer y que el presente es poco prometedor. Una especie de parvulario giratorio en el espacio sideral, en el que todos nos presentamos en algún momento sin muchos deseos de jugar y que afortunadamente olvidamos después.

Existen los  colores neutros, nada mas aburrido o sorprendente que no poder definir un color. Lo cierto, es que el color no deja de ser porque no sepamos definirlo. Aquí estamos y universo nos ve pasar. Disfrutemos el tiempo y espacio que nos queda.

Hoy les comparto una joya del maestro Jorge Luis Borges. Que aunque fue escrito con anterioridad, aparece recopilado en ” La memoria de Shakespeare” (1983). En lo personal, me encantó.

Un abrazo a todos.

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor, cuando golpearon la puerta.
El hombre, somñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron palabra.
El maestro fue el primero que hablo.
– Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente, dijo no sin cierta pompa.
No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y que deseas de mi?
– Mi nombre es lo de menos- replico el otro.

Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Saco un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquieto.
Se recostó, junto la punta de sus dedos y dijo:
– Me crees capaz de elaborar la piedra que cambia todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco y si es oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
– El oro no me importa respondió el otro.

 

Estas monedas no son más que la prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud:
– El camino es la piedra. El punto de partida es la piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aun a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miro con recelo. Dijo con voz distinta:
– Pero ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
– Mis detractores que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un camino. Hubo un silencio, y dijo el otro:
– Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
– ¿Cuándo? , dijo con brusquedad Paracelso.
– Ahora mismo, dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán. El muchacho elevo en el aire la rosa.
– Es fama, dijo, que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

– Eres muy crédulo, dijo el maestro. No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió.
– Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
– Eres crédulo, dijo. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
– Nadie es incapaz de destruirla, dijo el discípulo.
– Estas equivocado. ¿Crees por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
– No estamos en el paraíso- dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie.
– ¿En que otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la caída es ignorar que estamos en el Paraíso?
– Una rosa puede quemarse, dijo con desafió el discípulo.
– Aun queda fuego en la chimenea, dijo Paracelso. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
– ¿Una palabra? , dijo con extrañeza el discípulo. El atanor está apagado y estan lleno de polvos los alambiques. ¿Qué harias para que resurgiera?

Paracelso le miro con tristeza.

– El atanor esta apagado, repitió, y están lleno de polvo los alambiques.
En este tramo de mi larga jornada uso otros instrumentos.
– No me atrevo a preguntar cuáles son, dijo el otro con astucia o con humildad.
– Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:
– Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexiono. Al cabo de un rato dijo:
– Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
– Además ¿quién eres tu para entrar el la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replico tembloroso:
– Ya se que no he hecho nada. Te pido en el nombre de los muchos años que estudiare a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y solo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
– Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí esta la ceniza que fue rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodillo y le dijo:
– He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea mas fuerte y seré tu discípulo y al cabo de Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era el, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro seria una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre seria bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedo solo. Antes de apagar la lámpara y sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de cenizas en la mano contaba y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Jorge Luis Borges. La memoria de Shakespeare” (1983). 

Imagen: Salvador Dalí. La Rosa Meditativa (1958).

La fiesta de Némesis

14 Feb

“Es una suerte que haya dejado de estar de moda el Día de San Valentín”  <…>  “No existe ninguna manera de demostrar tus sentimientos hacia las personas a las que simplemente aborreces. Eso es lo que de verdad necesita desesperadamente nuestra moderna civilización”

 

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Es una suerte que haya dejado de estar de moda el Día de San Valentín — dijo la señora Thackenbury—. Con Navidad, Año Nuevo y Pascua, por no hablar de los cumpleaños, hay ya bastantes días para el recuerdo. Estas últimas Navidades traté de evitarme problemas enviándoles flores a todos mis amigos, pero no sirvió de nada; Gertrude tiene once invernaderos y unos treinta jardineros, por lo que habría sido ridículo enviarle flores, y Milly acaba de inaugurar una floristería, por lo que resultaba también fuera de cuestión. La tensión de tener que decidir precipitadamente qué les regalaba a Gertrude y a Milly cuando creía tener toda la cuestión solucionada me arruinó totalmente las Navidades, por no hablar de la terrible monotonía de las cartas de agradecimiento: «Te agradezco mucho tus encantadoras flores. Fuiste tan amable al pensar en mí». Desde luego que en la mayoría de los casos ni siquiera había pensado en los receptores; sus nombres estaban en mi lista de «personas a las que no hay que olvidar». De haber tenido que confiar en mi memoria se hubieran producido terribles pecados de omisión.

—Lo malo es que todos estos días en los que se entromete el recuerdo persisten en referirse a un aspecto de la naturaleza humana e ignoran totalmente el otro —le comentó Clovis a su tía—. Por eso se han hecho tan superficiales y artificiales. En Navidad y Año Nuevo la convención te estimula a enviar efusivos mensajes de optimista buena voluntad y afecto servil a personas a las que apenas te atreverías a invitar a almorzar a menos que no te hubiera fallado un comensal en el último momento; si estas cenando en un restaurante en la víspera de Año Nuevo se espera que, cantando «For Auld Land Syne», estreches la mano de desconocidos a los que nunca habías visto y no deseas volver a ver. Pero no se permite licencia alguna en la dirección opuesta.

—¿Dirección opuesta? ¿Qué dirección opuesta? —quiso saber la señora Thackenbury.

—No existe ninguna manera de demostrar tus sentimientos hacia las personas a las que simplemente aborreces. Eso es lo que de verdad necesita desesperadamente nuestra moderna civilización. Piensa lo divertido que resultaría si se destinara un día específico a liquidar antiguas cuentas y rencores, un día en el que se nos permitiera ser graciosamente vengativos con una lista, cuidadosamente atesorada, de «personas a las que no hay que olvidar». Recuerdo que en la escuela teníamos un día, creo que era el último lunes del trimestre, dedicado al arreglo de rencores y enemistades; desde luego que no lo apreciábamos en la medida que se merecía, pues al fin y al cabo cualquier día del trimestre podía utilizarse con ese fin. Pero si unas semanas antes uno había castigado a un niño pequeño por haber sido descarado, ese día podía permitirse recordar el episodio castigándole de nuevo. Eso es lo que los franceses llaman la reconstrucción del crimen.

—Pues yo lo llamaría la reconstrucción del castigo —comentó la señora Thackenbury—. Pero, de todas maneras, no veo de qué manera introducir en la vida adulta y civilizada un sistema de primitiva venganza escolar. No hemos vencido nuestras pasiones, pero se supone que hemos aprendido a mantenerlas dentro de unos límites estrictamente decorosos.

—Desde luego que habría que hacerlo furtiva y cortésmente —insistió Clovis—. Lo encantador del asunto es que nunca resultaría superficial, como con la otra parte. Por ejemplo, ahora te estás diciendo a ti misma: «Debo mostrar a los Webley alguna atención durante la Navidad, pues fueron muy amables con la querida Bertie en Bournemouth», de manera que les envías un calendario, por lo que durante seis días seguidos desde la Navidad el señor Webley le pregunta a su esposa si se ha acordado de agradecerte el calendario que les enviaste. Pues bien, traspasa esa idea al otro aspecto de tu naturaleza, más humano, y piensa que te dices a ti misma: «El próximo jueves es el Día de Némesis, ¿qué demonios puedo hacer con esa odiosa gente de la puerta de al lado que montaron un alboroto tan absurdo cuando Ping Yang mordió a su hijo pequeño?» Entonces el día designado te levantas terriblemente pronto, te metes en su jardín y empiezas a cavar buscando trufas en su pista de tenis con una buena horquilla de jardinería, eligiendo desde luego la parte de la pista que está oculta por los arbustos de laurel, para evitar a los mirones. No encontrarías ninguna trufa, pero sí una gran paz, una paz que nunca podría proporcionarte la costumbre de dar regalos.

—Jamás haría tal cosa —afirmó la señora Thackenbury, aunque su tono de protesta parecía un poco forzado—. Me sentiría como un gusano.

—Exageras la capacidad de perturbación que puede producir un gusano en el limitado tiempo disponible —contestó Clovis—. Si dedicas diez minutos agotadores a trabajar con una horquilla verdaderamente útil, las consecuencias podrían sugerir la actuación de un topo inusualmente diestro o de un tejón con prisa.

—Podrían sospechar que lo he hecho yo —dijo la señora Thackenbury.

—Claro que lo harían. Ahí estaría precisamente la mitad de la satisfacción del acto, lo mismo que te gusta que en Navidad la gente sepa qué regalos o tarjetas les has enviado. Desde luego que todo sería mucho más fácil cuando estás en términos exteriormente amigables con el objetivo de tu desagrado. Imagina por ejemplo a la pequeña glotona de Agnes Blaik, que sólo piensa en la comida: sería muy sencillo invitarla a un picnic en algún bosque salvaje y conseguir que se perdiera poco antes de servirse el almuerzo; cuando volvieras a encontrarla habría desaparecido hasta el último bocado.

—Haría falta una estrategia que no está al alcance de un ser humano ordinario para perder a Agnes Blaik cuando el almuerzo fuera inminente: de hecho, no creo que pudiera conseguirse.

—Pues entonces que todos los demás invitados fueran personas que te desagradan, y lo que se perdería sería la cesta con el almuerzo. Podría haberse enviado accidentalmente a una dirección equivocada.

—Sería un picnic terrible —comentó la señora Thackenbury.

—Para ellos, pero no para ti —explicó Clovis—. Antes de partir habrías tomado un almuerzo temprano y gratificante; incluso podrías mejorar el caso mencionando con detalle los elementos del banquete perdido: la langosta Newburg y los huevos con mayonesa, así como el curry que se habría calentado en una fuente preparada a tal efecto. Agnes Blaik estaría delirando mucho antes de que hubieras llegado a la lista de vinos, y en el largo intervalo de espera, antes de que hubieran abandonado toda esperanza de que apareciera el almuerzo, podrías proponer juegos estúpidos, como ése tan idiota de «la cena del alcalde», en el que cada uno tiene que elegir el nombre de un plato y hacer algo estúpido cuando se dice en voz alta ese nombre. En ese caso, probablemente romperían a llorar cuando se mencionara su plato. Sería un picnic fantástico.

La señora Thackenbury guardó silencio unos momentos; probablemente estaba redactando una lista mental de las personas a las que le gustaría invitar al picnic del duque de Humphrey. De pronto preguntó:

—¿Y a ese odioso joven, Waldo Plubley, que siempre se está mimando a sí mismo, has pensado algo que se le podría hacer?

Era evidente que había empezado a entender las posibilidades del Día de Némesis.

—Si se observara esa fiesta de manera general —contestó Clovis—, Waldo estaría tan solicitado que tendrías que haber hablado con él con semanas de antelación; pero aun así, si soplara viento del este o hubiera una o dos nubes en el cielo, cuida tanto su preciosa persona que sería difícil que saliera. Resultaría bastante divertido que pudieras atraerle hasta una hamaca del jardín situada justo al lado de donde hay un nido de avispas todos los veranos. Una cómoda hamaca en una tarde calurosa atraería a su gusto por la indolencia, y luego, cuando se estuviera durmiendo, podrías meter una mecha encendida en el nido para que las avispas salieran como una masa indignada y encontraran pronto «un hogar lejos del hogar» en el corpulento cuerpo de Waldo. Se necesita algo de tiempo para bajarse apresuradamente de una hamaca.

—Le picarían hasta matarlo —protestó la señora Thackenbury.

—Waldo es una de esas personas que mejoraría enormemente con la muerte —contestó Clovis—. Pero si no deseas llegar hasta ese punto, puedes tener preparada paja húmeda para encenderla debajo de la hamaca al tiempo que arrojas la mecha al nido; el humo haría que permanecieran fuera de la línea de picado todas las avispas menos las más militantes, y mientras Waldo permaneciera dentro de la protección del humo, escaparía a un daño grave, para devolvérselo finalmente a su madre, totalmente ahumado e hinchado en algunas partes, pero todavía perfectamente reconocible.

—Su madre se convertiría en mi enemiga de por vida —dijo la señora Thackenbury.

—Pues un saludo menos que intercambiar en Navidades —contestó Clovis.

En pleno seguimiento de esta fiesta tan famosa recuerdo esta joya de la literatura que encierra una critica, quizá por muchos pensada, a las fiestas que con tanto fervor celebramos. El cuento La fiesta de Némesis, pertenece al autor Britanico Hector Hugh Munro “Saki”, de quien ya hemos publicado previamente una curiosa obra, cuyo protagonista es un gato parlante llamado Tobermory (Ver enlace). 

Imagen tomada de https://extra.ec.

Mark Ryden y la opción de ver lo invisible

5 Ene

El talento se parece al tirador que da en un blanco que los demás no pueden alcanzar; el genio se parece al tirador que da en un blanco que los demás no pueden ver”*

belleza interior-imagen

 

 

Por: El Rincón de lo Humano. 

La imaginación parte de la base original de la representación interna de las experiencias implícitas o explícitas. Dando a conocer un amplio espectro de colores, estados y sensaciones que resultan en el constructo de lo que llamamos realidad.

Basados en esto quizá no sea necesario explicar, sino esperar que los sentidos nos enseñen lo que captan y la razón nos guié en el ejercicio de reproducirlo a los demás. Aunque tengamos muchas cosas que dar, los demás solo ven la representación de lo que llevamos dentro. Ojala siempre recordemos eso. Aclarando que solo las personas más cercanas y especiales podrán contemplar en nuestro interior, aquello que va más allá de la representación.

Comparto las siguientes imágenes del conocido artista Mark Ryden. Su expresión dista de ser común y abre mucho espacio a la realidad interna que despiertan. Espero las disfruten.

Espiritualidad moderna-Creer-en -dios


ArtScans CMYK

 

-The_Tree_of_Life-_by_Mark_Ryden

 

 

 

 

05

 

conceptual

ArtScans CMYK

 

* Version de la frase <<El talento alcanza lo que ninguna otra cosa puede alcanzar; el Genio alcanza lo que nadie más puede ver >>  A. Schopenhauer. 

Imágenes cortesía de : Markryden.com

 

 

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